Thursday, November 29, 2007

Antes que el muro se desplome

El único recuerdo de Susan cercano a mí estaba barnizado de musgos. Me asomaba desde mi habitación y podía ver su silueta grafiteada en el muro. Un rostro bidimensionalizado, ecuestre, que parecía cabalgar la mirada hacia dentro de tus ojos, o los míos, o los de cualquiera que por allí caminase, muy a pesar de su córnea de cemento y nervios de ladrillos con filtraciones. Me ayudé, para dibujarla, de todas las fotos que le tomé antes de nuestra despedida, desde los ángulos más inimaginables. Susan Arub era su nombre. Susan Arub Zulaikhah Asalah su nombre completo. Terminé llamándola SAZA, con sus siglas. Le expliqué. Parecía no entender mi forma occidental de resumir un cosmos con cuatro letras, dos sílabas. Y SAZA aparece muy disimulado en su cabello, como la hilacha de una serpentina que se mete en los resquicios de los ladrillos. Abajo, a la izquierda, mi nombre sin vocales: Fbrc. Impronunciable. Recuerdo la textura de sus muslos y mis labios por ellos, un banquete dionisíaco sin precedentes para mis prematuras barbas. Cada sesión de fotos era la prefiguración inconsciente de este mural.
Al despertar, me asomaba a mi ventana. Y te observaba cómo el musgo cada día cubría más tus bordes, el cabello castaño, a la velocidad que se expande el moho por un pedazo de pan en la intemperie. Desde que en Coche prohibieron los aerosoles no he podido ir a restaurarte, a maquillarte y volverte a tus facciones primigenias. ¿La desconexión total puede existir en esta época? Tal vez en un país como el tuyo, sí. Tus datos los perdí en la aduana. Cuando los inspectores revisaron mis papeles (¿buscando qué?, ¿la fórmula para una bomba H?, ¿la clave secreta para contaminar con un virus un satélite espía?) y observaron el trazo árabe, el trazo persa queriendo ser un trazo castellano. Con las palabras escritas ocurre igual que con la voz acostumbrada a un idioma cuando intenta pronunciar una lengua ajena.


La mañana que me enteré que derribarían el muro y construirían un sistema de ventilación para el Metro, sentí que se me desplomaba algo dentro del estómago, como al uno enterarse que un familiar ha fallecido. Eran los muros que contenían el resentimiento del porvenir. Era la segunda muerte de Susan. La segunda muerte de las Susan replicadas.
Las fotos me las robaron cuando las llevaba para mostrar mi catálogo al Museo Cristóbal Rojas. Mi maletín, para cualquier ratero, contenía desde billetes, joyas preciosas, ipods, accesorios para computadoras, accesorios para celulares, relojes bañados en oro, armas químicas, podía contener cualquier cosa menos tres mil fotos de una misma mujer. Comprendí que el criterio de selección de un ratero suele parecerse mucho al de un inspector de aduanas.
A veces, cuando camino a un costado y cruzo puentes que se elevan sobre El Guaire, me parece ver mis fotos navegar en esas pantanosas aguas, mi SAZA de cartulina. Desmaterializada en las cañerías de la ciudad, y soportando sobre sí, el rumiar de una Caracas líquida y subterránea. Sé, tengo la certeza, que algún día recuperaré aunque sea una foto de las tres mil. He ido a tiendas de antigüedades, tan antiguas ellas mismas que son un artículo curioso y lleno del valor inconmensurable de la nostalgia: la manera tan frágil como un objeto recupera su valor y lo sobrepasa a medida que costras de polvo son removidas de su superficie. La suciedad es el barnizado de lo valioso. La restauración el arte más rentable.

Algunas otras fotos habrán ido a parar a manos. El incidente fue hace dos años. Lo más probable es que la cartulina con la estampa de la mujer que amé sea hoy periódicos y periódicos, cartones de leche o hasta cuadernos de primaria, cumpliendo un ciclo de reencarnación de papel. La mujer que amé está a punto de morir, de ser fantasma en mis recuerdos de medio oriente, de activista, de humanitario. De no haberme alistado para ese viaje estuviera a salvo. No lo creo. En la vida hacen falta heridas que no se cierren jamás, huecos que con dedos cenagosos siempre se estén como jorungando teclas mal encajadas en un piano, de las que emiten sonidos desafinados cuando se aprietan.
La solución que se me ocurrió fue precipitada. Me odié por pensar lo absurdo para salvar mi memoria sagrada. Podía hacer una réplica de una réplica. Tres horas. En un muro donde pudiera ver el muro de SAZA y la imagen de SAZA que cabalga de neurona en neurona. Ese muro era el costado de Bloque 4. El temor a que fuese pintado en pocas semanas o un par de meses era justificable. Una tinta indeleble, una tinta que no permitía errores de trazo se convirtió, por momentos, en mi arma para darle otra guarida a SAZA. La réplica de una réplica se pareció más a la SAZA de carne y hueso que, en inglés, me decía frases llanas y llenas de profecías glutinosas. Trabajar bajo presión también es rentable, más cuando emergen luces de patrullas que barren paredes y ansiedades.

SAZA descansa verticalmente en el costado de Bloque 4. Cuatro horas me llevó pintarla. Elegí para mi tarea un martes. O la madrugada de un miércoles a la una de la mañana. La tinta indeleble rozó mis manos. Y una mejilla. Y ese trazo fugitivo quedará marcado en mis pieles como la cicatriz de una batalla pérdida, no por el fracaso, sino por extraviada en el tiempo. Contengo el aliento cada vez que entro a Bloque 4. Es como ver en una pantalla la imagen invariable de tus pensamientos.
Terminé mi cometido a tiempo. Antes que el muro se desplome sentiré una cantera de ladrillos en mi estómago.

Mario Morenza -(11)
Los vídeos de los Fotorecitales animados
por este apendicista los puede ver en:
http://humario.blogspot.com/

2 comments:

DE VIDA O MUERTE said...

Buena cosecha... en primavera...
el tiempo se vuelve deseo a la luz de los años... el mundo afuera es un inmenso desierto... en el que habitamos nosotros los alegres desahusiados de la vida... quizás sea por eso que el silencio no cesa de llorar aunque breve en las noches... espero que todo vaya a flor de tiempo... sr. morenza... la vida no es sino un sueño o un cuento, tal vez, contado por millones de marios... el mundo es un vello lunar bajo las cejas... un campo de batalla... en el que nadie sale bien librado... la muerte, tal vez.

VICTOR said...

BUENISISIMO. SIGUE ESCRIBIENDO.


ex-estudiante de letras