Thursday, November 29, 2007

Dnang Pahn

Escoger la víctima, preparar cuidadosamente
el golpe, vengarse implacablemente, y luego
irse a dormir. No existe nada más dulce en el mundo.

Stalin

Quitó el seguro de su última granada, la sostuvo en su mano tres segundos como le habían enseñado, la arrojó hacia el centro de la aldea y, agachado, esperó. La explosión alcanzó a dos señoras que guindaban sábanas en un tendedero, a un maestro que sostenía un montón de libros bajo el brazo y a un grupito de niños que lo seguían, formados en una fila de mayor a menor. Ninguno de aquellos desprevenidos pareció darse cuenta de la granada que cayó en el patio de la aldea Todos quedaron semicalcinados en el suelo. El maestro levantó la cabeza lentamente. Vio acercarse a los demás aldeanos, asustados y sorprendidos por la explosión. Lo rodearon y trataron de preguntarle qué pasó mientras las madres de los niños muertos lloraban al reconocer los torsos sin ropa de sus hijos. El maestro balbuceó algo incomprensible y volvió a apoyar su cabeza contra el suelo. Sus tímpanos se habían reventado. Entonces Dnang Pahn salió de los arbustos, metralleta en mano, y arremetió contra todos. No dejó a nadie vivo. Luego quemó la aldea entera.
No recordaba desde cuándo guerreaba por sí solo. Una emboscada de las tropas estadounidenses lo había dejado sin sus compañeros al este del país, cerca de la frontera con Vietnam. Se escapó corriendo perseguido por ráfagas de ametralladoras y detonaciones de mortero. Si acaso le dio tiempo de tomar un bolso repleto de municiones. Su habilidad para moverse rápidamente en la jungla le salvó la vida. Desde ahí aplicó técnicas especiales de supervivencia. Comía animales variados. Culebras, ranas, monos, roedores y uno que otro insecto. Por el agua no hubo de preocuparse. La selva de Camboya está rodeada de ríos, y por si fuera poco, las lluvias son constantes.
Dnang Pahn tenía veinte años cuando Pol Pot, el presidente para aquel momento, le entregó en sus propias manos, la pañoleta blanquinegra con la cruz blanca, comprometiéndose así con las líneas activas del Jemer Rojo. Después de unas palabras patrióticas que supuestamente alentarían el ánimo anticolonialista de los jóvenes para combatir contra “el enemigo oculto”, Pol Pot asignó las misiones correspondientes para erguir “La Nueva Camboya”. Dnang Pahn fue asignado a labores de mercenario en el este del país. La idea era exterminar todo signo de ideología consumista y occidental, dejando en pie únicamente al comunismo nacionalista extremo. Todo médico, todo abogado, todo periodista, todo profesional era fusilado, ahorcado o quemado vivo. Los campesinos corrían con mejor suerte y sin embargo muchos de ellos perecieron brutalmente al presentar oposición ante la política de Pot y del Jemer Rojo.
Dnang Pahn aún tenía fresca en su memoria la primera vez que asesinó a alguien. Fue en una misión de exterminio en una escuela de abogados. Desde las líneas de apoyo vio el avance de los primeros mercenarios. Un vigilante, armado con una macana de bambú, fue achicharrado con un lanzallamas. El pobre corrió encendido como bengala por entre las líneas del Jemer Rojo, se revolvió en el suelo tratando de apagar la flama hasta que no se movió más. Su cuerpo se consumió chisporroteando y crepitando. Luego los abogados y sus discípulos fueron sacados a empellones. Entonces todo el escuadrón avanzó y tomó por asalto el edificio entero. Inmediatamente, “los enemigos de la patria” fueron arrodillados frente a las paredes de los pasillos. El capitán al mando de la operación fue disparando en la nuca de cada estudiante. De pronto uno de aquellos aspirantes a abogado salió corriendo. Dnang Pahn y dos mercenarios más fueron tras él y lo agarraron a culatazos. Dnang Pahn sólo retenía en los recovecos de su memoria que el fugitivo era joven y delgado, y que se defendía rabiosamente dando patadas y contorsionándose, hasta que los repetidos culatazos lo dejaron paralizado e inconsciente, y finalmente sin vida.
Después el movimiento se hizo más serio y espeluznantemente más eficaz. Se crearon campos de concentración en los que los rebeldes y las personas consideradas amenaza para La Nueva Camboya, eran sometidos a trabajos forzados. Si no morían de inanición o enfermedades, morían en medio de repugnantes torturas o por ejecución caprichosa de los líderes jémeres. La prisión S-21 en Phnom Penh, construida alrededor de centenares de arrozales, fue el destino final de casi dos millones de camboyanos. Una verdadera hecatombe que bautizaría aquel maldito lugar con el nombre de “Campo del terror”. Dnang Pahn contempló todo como una inminente victoria para el Jemer Rojo en la cruenta guerra civil que se desarrollaba desde 1976.
Efectivamente, Dnang Pahn poseía plena confianza en el proceso de formación de una nueva Camboya. Por eso combatía ferozmente aunque ahora tuviese que hacerlo él solo y sus municiones fuera escaso. Muchas veces se preguntó por qué los demás mercenarios no habían organizado una misión de rescate. Seguramente, cuando lo encontrasen, el mismísimo Pol Pot lo condecoraría con varias medallas. Pero poco a poco se resignó al paso del tiempo. La mejor opción era internarse en la selva, perderse y esperar. En el entrenamiento le habían enseñado que los espías estadounidenses y vietnamitas estarían en constante acecho de innumerables maneras; y que cualquiera, hasta el más ingenuo campesino, podía ser un rebelde encubierto, o peor aún, un cómplice de las tropas invasoras. Así organizó unos cuantos ataques exitosos a varias aldeas, posibles cuarteles de los ejércitos contrarios.
Una noche, Dnang Pahn fue despertado por la luz de una linterna. Entreabrió los ojos y se encontró con el cañón de una escopeta apoyado en la punta de su nariz. El arma la sostenía un viejo campesino. Un adolescente con espinillas era quien le apuntaba la luz de la linterna justo al rostro. Otro anciano, detrás del de la escopeta, sostenía una guadaña en actitud amenazadora. Habían resuelto el misterio. Dnang Pahn no intentó nada y no ofreció resistencia. Los campesinos lo llevaron atado de manos a un puesto de guardias situado a unos pocos kilómetros. Dnang Pahn se sintió aliviado y explicó a los guardias sus peripecias y demandó insistentemente que lo llevaran a donde estaba Pol Pot. Los guardias no comprendieron.
A los dos días, Dnang Pahn fue enviado a la capital en donde se le enjuició por sus crímenes.
Se declaró culpable.
La sentencia fue pena de muerte. Una apelación por parte de algunos políticos franceses redujo la condena a cadena perpetua. Murió en prisión seis años después por complicaciones de una infección renal. Nunca recibió su medalla. Ni en el último día de su vida se le pasó la vergüenza por haber estado peleando, en 1981, una guerra que había terminado en 1979 debido a la ocupación vietnamita, dos días después de haberse quedado solo, como para siempre, en la espesa selva de Camboya.

Miguel Hidalgo Prince -(1984)
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3 comments:

Mario Morenza I said...

Felicitaciones, Chino, La isla de Xisca es una isla sin retrasos de media hora, ni horarios.., Es una isla eterna como algunos discos que se escuchan de vez en cuando, de hecho, creo que tiene forma circular. Un abrazo. Celebramos en en el Ling Dnang Pahn

Mario Morenza I said...

Felicitaciones por tu mención Honorífica en el Sacven 2007, bró. Así me gusta, que sigas mis pasos, jajajajajaj

DE VIDA O MUERTE said...

Si la academia te dio en la espalda, te aseguro que no es lomismo ni enfermedad parecida... asi se embiste a la literatura, por los cachos y en los chinos, donde eres como mugre y pez de cuando en cuando y de vez en vez...
que la estrella de china te ilunine en la noche oscura de caracas... felicitaciones, mencionado leugim del valle... enhorabuena...